Nuestra historia

 

El arte de vivir con el deleite necesario se reduce, en última instancia, a crecer en afectos, en sensaciones y en recuerdos felices. Por esta razón, es necesario regresar de cuando en vez a aquellos lugares prodigiosos que en algún instante nos conformaron por dentro con su luz -tal vez con su barullo- y que ahora forma parte de nuestra memoria sentimental. Por eso mismo no debemos visitar la Bodeguilla de Sta. Marta tan solo para comer o beber, sino -y más que nada- para buscar emociones y, en última instancia, para sentir y adentrarse en las arcas de placer y saborear los frutos más felices de la humana sensibilidad.

La Bodeguilla de Sta. Marta, bodega íntima y bulliciosa como una casa grande, conforma un territorio de palabras compartidas y una cátedra sabia donde fluye el pensamiento hecho verbo que, por veces, se esconde en disfraces surrealistas. A menudo las horas en esta taberna son de alto debate, girando alrededor de una copa de vino y sobre un tema cualquiera que no importa, salvo por el puro placer de la dialéctica y por demostrar que uno aún está vivo y que la agilidad intelectual de cualquiera conserva los mecanismos engrasados. Tan solo concluidos los impulsos verbales, se impondrá un silencio sacramental, fino y también cordial. Para ese instante está reservado el sabor del último trago de la copa tan felizmente compartida.

Lo que convierte la Bodeguilla en un establecimiento de leyenda son algunos relámpagos que conforman una suerte de epifanía: el bullicio de la clientela, el rosario alegre que navega en cada copa de vino, el cruce amable de miradas, olores y sabores, la reflexión barroca elaborada de palabras lúcidas… Y así, con el tiempo, cada cliente acaba por construir una memoria fascinada a la  Bodeguilla de Santa Marta, poblada de hombres e mujeres que allí compartieron vida y palabras y que son ya tan imborrables como algunos instantes supremos de la propia experiencia del vivir. Este universo no resulta menos exquisito que morder una presa de cerezas intentamente rojas por los días luminosos y felices de junio…

Adentrarse en la Bodeguilla de Santa Marta es tanto como ingresar en las arcas de lo maravilloso, del que posee la cualidad fundamental de fascinarnos; como acogernos en la franquicia de una suerte de paraíso inquieto -por usar la terminología de Bachelard- donde corre la vida y uno se siente protegido contra las erosiones e ignominias que la vida depara. Después será la hora de regresar -transformados pero también incólumes- al transito por lo cotidiano.

Y salir a la calle como salen aquellos que en algún momento estuvieron en esta taberna: más sabios y también más luminosos -así lo diría Juan Benet- como todo aquel que vuelve de un viaje que, de alguna forma, se transformó por dentro. Y después enfrentar el trazo plateado de la luz arañando los tejados dislocados de la ciudad de Compostela. Y perderse dentro del laberinto de sombras -la esencia de este poblado fantasioso- sabiendo que la Bodeguilla, ese vasto sueño del placer, el poder sutil del encantamiento, sigue intacto en la parroquia compostelana de Santa Marta, al otro lado de fluir los días, azares y lluvia.

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